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martes, 18 de marzo de 2014
domingo, 2 de marzo de 2014
HERRAMIENTAS PARA SER MAS FELIZ. EL AUTOENGAÑO
Está demostrado que la mejoría de las personas que
acuden a hacer psicoanálisis mejoran espectacularmente todos los aspectos de su
vida gracias al autoconocimiento de sus procesos internos. El método
psicoanalítico a la vez que produce autoconocimiento, produce
autotransformación. Lo cual quiere decir que ser atravesado por la experiencia
de llevar a cabo un psicoanálisis supone construir nuevas estructuras anexas a
las ya existentes. Si realmente es así de efectiva la terapia del
psicoanálisis, todas las personas que quisieran mejorar su calidad de vida
deberían acceder a este tipo de terapia. Sin embargo, nos encontramos con
obstáculos al conocimiento producidos desde las propias estructuras narcisistas
de la personalidad. No es fácil dejarse enseñar, educar, modificar hábitos,
costumbres y formas de pensar que nos han acompañado durante muchos años de
nuestra vida. Modificar la forma de pensar supone entrar en una encrucijada de
la cual sólo es posible salir volviendo a negar, es decir, si entramos en el concepto
de negación, nuestro propio yo se opone al cambio ya que modificar los hábitos
de nuestra vida nos lleva a replantearnos nuestras relaciones, nuestros amores
y nuestra economía. Pensamos sobre bases ideológicas familiares y sociales muy
determinadas. Las relaciones de pareja, el amor y hasta el modo de producir el
dinero tiene una base ideológica que nos ha sido transmitido. Crear una forma
nueva de pensar, nos llevaría a abandonar antiguas formas de pensamiento.
¿Quién está dispuesto a hacerlo? Solo aquel que toma conciencia del tiempo de
su vida. El ser humano vive de manera atemporal, tiene la capacidad de
autoengañarse, de no querer ver más allá de su límite temporal. Este autoengaño
es con el que nos encontramos en muchas de las personas que aun sabiendo que se
encuentran mal prefieren mantenerse en dicho malestar a modificar su forma de
pensar porque tendría que cambiar aspectos de su realidad. El bienestar y el
malestar son dos conceptos fundamentales en psicoanálisis que guardan relación
con la quietud o la inquietud. Para cambiar hay que tener la inquietud de
querer cambiar. Aquellos que no lo hacen aun sabiendo que pueden hacerlo suelen
tener una especie de melancolía al cambio que les hace conformarse con lo que
no tienen, viviendo limitados, resignados a su manera de ser y de vivir.
Posibilidades las hay para todo el mundo. El cambio sólo puede acontecer
con un trabajo y atravesando un estado
de malestar que puede llegar a hacerse doloroso. Hay personas que sienten dolor
cuando descubren como son. Reconocen que todos sus males están determinados
desde su forma de ser o haber sido. Esta herida que se produce cuando nos
conocemos, puede llegar a ser dolorosa. ¿Pero no sería mejor pasar por un
momento de malestar que estar toda la vida negando y autoengañándonos? La
verdad, tarde o temprano acaba dando su cara. Podemos lanzar balones fuera,
negar, engañarnos, culpar a los otros pero ¿hasta cuando? El narcisismo, cuando
es infantil es un obstáculo al cambio, al crecimiento. Nadie tiene la verdad,
nadie tiene todo el conocimiento de sí mismo. Nacemos sobre una ideología que
limita nuestra forma de vivir. El miedo, la angustia son limitantes, hacen que
la persona tenga miedos imaginarios, a lo que no pasó pero viviendo como si
fuera a pasar. Todo esto, son obstáculos al cambio. Deberíamos por lo tanto, en
primer lugar, dudar de nosotros mismos y muchos más, de nuestra forma de pensar
y de sentir. Si no nos va bien, mejor pensar qué tengo que ver, en lo que me
sucede.
martes, 17 de septiembre de 2013
LA DISECCIÓN DE LA PERSONALIDAD PSÍQUICA
Todos sabemos la importancia que tiene tanto para la
relaciones personales como con las cosas, el punto de partida. Hay comienzos y
comienzos. Y desde luego, a veces no suelen ser muy afortunados. El
psicoanálisis desde sus comienzos, inició su punto de partida en el síntoma,
que es lo más ajeno al yo. Los síntomas psíquicos- depresión, obsesiones,
fobias, celos, etc- se viven como algo extraño a nosotros y de ahí, la
confusión que producen en nosotros. Hablar de síntomas en psicoanálisis, es
hablar de lo reprimido en le hombre, pero lo reprimido es como un terreno
desconocido, como algo extranjero para el yo. Partiendo de los síntomas, cuando
los analizamos y los desmenuzamos, llegamos a lo inconsciente, a la vida instintiva,
a la sexualidad de la persona. Pero claro, hablar de la sexualidad, es hablar
del demonio. Siempre produce rechazo porque no es fácil aceptar la naturaleza
de ciertos deseos, de ciertos impulsos que nada tienen que ver con la nobleza
del hombre pero que subyacen en su interior. Queremos vivir ajenos a nuestra
sexualidad inconsciente y esa lejanía, ese no querer saber puede llegar a
convertirse en enfermedad.
¿Quién está dispuesto a aceptar que detrás de una
depresión hay un problema sexual? ¿Quién acepta que tras una obsesión, una
mania, unos celos, una paranoia, se esconden deseos de naturaleza sexual
inaceptables para la conciencia?
Este es el gran rechazo por el psicoanálisis pero a la
vez, este descubrimiento es su arma más poderosa.
Esos pensamientos que nos vienen a la mente y nos
parecen disparates, tienen su razón de ser pero se reprimen, se silencia, se
hace un esfuerzo por callarlos. Y sin embargo, con el tiempo vuelven con más
fuerza y se acaban imponiendo en la conciencia. Justo ahí, la persona cree
enloquecer, se siente extraña y comienza a ser dominada por miedos, por
tristeza, por fobias, por manías y su energía empieza a disminuir, sintiendo
cada vez menos fuerza para enfrentarse a su día a día. Aquí, el síntoma ya ha
dominado a la persona. Se ha impuesto al yo y ahora lo controla. ¿Por qué se ha
enfermado? Por que las exigencias de la vida instintiva, sexual inconsciente se
ha hecho muy grande y la resistencia, la oposición a ella, ha fracasado y la
razón ya no logra imponerse en la conciencia.
Esta psicología del yo, no tiene nada que ver con la
psicología clásica del yo, donde niega la existencia de la parte inconsciente.
Lo cierto, es que la psicología conductista, actúa reprimiendo mucho mas a la
persona, de ahí su falta de progreso sobre los síntomas que una persona
desarrolla. Si no se tiene nociones sobre la vida instintiva del hombre y de su
sexualidad, estaremos fuera del campo de entendimiento de los síntomas
mentales. Algo que también a la psiquiatría le sucede, que no pueden dar
explicaciones sobre el origen y causa de los síntomas o trastornos mentales.
¿Y porqué las personas enfermas recurren a la
psiquiatría o a la psicología conductista? Por que no quieren saber nada de su
sexualidad reprimida, por lo tanto, no querer saber es no querer curarse. ¿Se
puede preferir la enfermedad mental a saber las causas sexuales que han llevado
a la persona a enfermar? Desafortunadamente sí. El enfermo mental prefiere
reprimir, no hablar, seguir censurando su sexualidad por vergüenza y por su
propia moral, siempre represora y castigadora.
La persona, cuando enferma, tiene la cualidad de
tratarse como un objeto: es decir, tratarse así mismo como objeto, observarse,
criticarse, etc… Es una parte del yo que se enfrenta al resto del propio yo. El
yo, es pues disociable, es decir, que puede disociarse de alguna de sus
funciones, por lo menos transitoriamente y los fragmentos pueden unirse de
nuevo.
Una de las funciones que caen sobre el yo, es la
llamada conciencia moral. “Me siento inclinado a hacer algo de lo que me
promete placer pero no lo hago porque mi conciencia no me lo permite”. O “me he
dejado llevar por algo que me ha proporcionado placer y ahora, la voz de mi
conciencia me castiga con penosos reproches, haciéndome sentir remordimientos”
. Esta conciencia moral, recibe el nombre de “superyó”. Los reproches, la
humillación, las autoacusaciones, la rigurosidad, la autocensura, la
autocrítica, el sentimiento de vergüenza, etc… es la forma en que el superyó- o
la conciencia moral- trata al yo.
La conciencia moral o superyó, proviene de la
influencia de los padres sobre el niño. Estos con los encargados de ponerle
límites a su egoísmo y amenazarle con castigos, sobre todo, la pérdida de su
amor. Con el desarrollo del niño, la instancia de los padres, queda sustituida
por el superyó, el cual vigila, dirige y amenaza al yo exactamente como antes
los padres al niño ( continuará )
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