lunes, 10 de marzo de 2014

HERRAMIENTAS DE GESTIÓN EMOCIONAL. El triunfo de un fracaso

El método psicoanalítico viene a mostrar que toda acción, toda consecución, todo no logro está determinado por la estructura de nuestros deseos inconscientes. Esto quiere decir que lo que para la conciencia puede no tener sentido, si lo tiene para nuestro inconsciente. ¿Existe el fracaso?. Para la conciencia si, pero no para el inconsciente. Toda acción, todo acto, toda consecución humana siempre se lleva a cabo para algo o para alguien. Fuera de esto, no hay realización ni acto humano, lo que viene a decir que nuestras acciones están determinadas desde de la estructura de nuestros deseos inconscientes. La palabra fracaso debe ser tomada como un trabajo finalizado y con el método psicoanalítico podemos ir reconstruyendo los elementos que se hizo y las herramientas que se pusieron a favor de la construcción de dicho trabajo finalizado. Freud nos dice que desde el sueño relatado- materia prima con la cual trabaja el psicoanalista- reconstruyo con los instrumentos teóricos del psicoanálisis,  el deseo inconsciente que para satisfacerse, dio lugar a la aparición del sueño soñado y del sueño relatado, deseo inconsciente que aparece deformado, desplazado y condensado y que sin los instrumentos teóricos del psicoanálisis, haríamos una lectura ingenua del sueño pero no psicoanalítica. Si esto lo llevamos a un hecho acontecido en nuestra vida,  donde consideramos que hemos fracasado, nuestra materia prima sería “el fracaso contado” y con los instrumentos de lecturas del psicoanálisis, somos capaces de llegar al deseo inconsciente que se ha satisfecho en dicho fracaso. El fracaso suele venir con tarjeta de presentación, es decir, viene dedicado a alguien. Y si no, se fracasa para algo. Fracasar para alguien también es una manifestación latente de un deseo sádico contra alguien. Los fracasos puede ser para la mama, el papa, la novia, el novio, el hermano, el amigo. Por regla general, los fracasos se los dedicamos inconscientemente a los seres queridos. En un segundo lugar cuando no es así, el fracaso lo dedicamos a nosotros mismos, es decir, a nuestros deseos masoquistas, donde la persona, cuando su intolerancia al triunfo está tocada por cuestiones morales o religiosas, el fracaso es alimento para una tendencia masoquista redentora. Se fracasa también para calmar el espíritu, para calmar la culpa. No se puede por tanto entender el fracaso sin tener en cuenta la existencia de nuestros deseos sádicos y masoquistas. De manera que analizado así, el fracaso siempre es el triunfo de nuestros deseos sádicos y masoquistas.

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